El inventor olvidado que pudo cambiar la historia de la música con la holofoníaDecía Ortega que toda realidad ignorada espera su venganza, pero en el caso del inventor Hugo Zuccarelli ha pasado demasiado tiempo. Después de tres décadas ha tirado la toalla. El sentido común nos llevará a pensar que un ingeniero que ha grabado un disco con Pink Floyd y ha compartido un estudio con Paul McCartney es un reputado profesional del gremio, seguramente con una abultada cuenta corriente.

Salvo en el final feliz, la historia del argentino es cierta. En los 80 desarrolló la holofonía, un sistema alternativo para la grabación de sonido que, hasta la fecha, aunque la red está plagada de muestras recibidas con entusiasmo por los internautas, la ciencia no se ha interesado en confirmar o condenar. El argentino la bautizó con ese nombre por su parecido a la holografía, cuyo inventor mereció un premio Nobel.

“Sí, yo grabé un disco con los Pink Floyd, pero no me ha servido de nada. Después de 34 años, nadie sabe que existo. Me arrepiento de muchas cosas, cometí muchos errores”, cuenta a Teknautas desde Buenos Aires, vía Skype, el propio inventor.

Sí, yo grabé un disco con los Pink Floyd, pero no me ha servido de nada. Después de 34 años, nadie sabe que existo. Me arrepiento de muchas cosas, cometí muchos errores

En esencia, se trata de un sistema que permite grabar audios en tres dimensiones posicionando en el espacio los sonidos en un ángulo de 360 grados. Fruto de la obsesión de Zuccarelli por comprender cómo nuestro tímpano es capaz de localizar el sonido ambiente, la técnica fue concebida a imagen y semejanza del oído humano. Un sistema holofónico puede grabar el sonido como si se tratase de una persona, por eso cuando se reproduce el resultado es de un realismo extraordinario.

Para escuchar correctamente los sonidos holofónicos que se incluyen en este reportaje se recomienda utilizar auriculares y cerrar los ojos.

En la actualidad, con la patente (Holofonics) perdida en el sumidero de la historia, se utilizan sistemas similares en el sector de los videojuegos. Incluso grupos masivos como Radiohead han usado técnicas similares para incorporar determinados instrumentos en algunas de sus canciones. Zuccarelli lo intentó por todos los medios, pero jamás pudo llegar al mercado. Sistemas como Dolby, apoyados por las multinacionales, le borraron del mapa.

Ringo: el primer prototipo

El disco de Pink Floyd al que se refiere el ingeniero argentino es The Final Cut, el primer trabajo musical holofónico de la historia. Se grabó en 1983, pero para entender cómo el argentino pudo llegar a embelesar a uno de los grupos más influyentes de la historia del rock es necesario remontarse a su infancia.

“Cuando tenía diez años presencié un accidente entre dos coches. El choque ocurrió detrás mío, muy cerca, y me salvé porque pude localizar el ruido. Ésa fue la primera vez que me interesé por la procedencia del sonido. Empecé a preguntarme cómo era posible que el ser humano posicionase el sonido en cualquier parte con sus dos oídos”, recuerda Zuccarelli.

Su obsesión por hallar una solución a aquel problema le acompañó durante la adolescencia. Más tarde, decidió estudiar ingeniería electrónica y gracias a una beca tuvo la oportunidad de viajar a Milán para completar sus estudios. Cuando llegó a Europa tenía 21 años: corría el año 1978. Por primera vez, pudo entrar en contacto con teorías científicas que redimensionaron su capacidad de invención. “Llegué a la conclusión de que el oído humano podía emitir sonidos y que ésa era la clave de su localización en el espacio. Me propuse fabricar un tímpano artificial y lo logré en 1980”.

Me encerraba en un armario oscuro con un auricular y ella hacía sonidos alrededor del oído artificial con una caja de fósforos. Después de mucho tiempo, empezó a escucharse perfectamente
Comenzó fabricando un sistema monoaural, un primitivo micrófono holofónico que testó hasta la saciedad con la ayuda de su esposa. “Me encerraba en un armario oscuro con un auricular y ella hacía sonidos alrededor del oído artificial con una caja de fósforos. Después de mucho tiempo, empezó a escucharse perfectamente”.

Pronto inició la fabricación del auténtico prototipo binaural colocando sobre un maniquí dos tímpanos artificiales. Bautizó al muñeco, al que le faltaba un trozo de nariz, con el nombre de Ringo por su parecido con el boxeador argentino Óscar Ringo Bonavena.

Entusiasmado, Zuccarelli mostró el invento a sus profesores, quienes le dijeron que lo que había logrado (imitar el sistema de audición del ser humano) era imposible, aunque al comprobar que la tecnología funcionaba aceptaron su mérito. Le recomendaron dos cosas: patentar el sistema y marcharse de Italia. Siguió los consejos, pero se arrepiente de ambas decisiones.

Las multinaciones siempre esperan que el inventor se gaste una fortuna defendiendo sus derechos y lo normal es que el creador no vea dinero durante años mientras trata de protegerse
“En primer lugar, debería haber viajado a Asia. Y tampoco debí pantentar la tecnología. Cuando registras una patente lo primero que tienes que hacer es explicar en qué consiste el sistema, entonces ya puedes esperar sentado a que te roben. Las multinacionales siempre esperan que el inventor se gaste una fortuna defendiendo sus derechos y lo normal es que el creador no vea dinero durante años mientras trata de protegerse”, lamenta.

‘The Final Cut’

Hugo Zuccarelli llegó a Inglaterra en los 80 con Ringo bajo el brazo. La primera estrella de la música que conoció fue Paul McCartney, quien se interesó por la tecnología del argentino. Sin embargo, no salió bien. Sospechó que la discográfica pretendía engañarle para utilizar por su cuenta la holofonía y decidió romper la relación con McCartney.

Hugo Zuccarelli con Paul McCartneyHugo Zuccarelli con Paul McCartneyLa historia con Pink Floyd fue diferente. David Gilmour y Roger Waters recibieron también con los brazos abiertos la nueva técnica, pero sus intenciones eran buenas. “Conseguí un contrato para que Pink Floyd fuese la primera banda en utilizar la holofonía en el disco The Final Cut. Me ofrecieron 40 mil libras por diez días de trabajo, aunque terminé trabajando un año y medio, perdiendo un tiempo que debí haber empleado en lograr que la holofonía se convirtiese en un estándar. Cuando salió el disco, que era antibélico, contra la guerra de las Malvinas, se metió en una lista negra, fue censurado y no tuvo éxito comercial”.

Para 1983, el sistema Dolby Surround empezaba a conquistar el mundo: los intereses comerciales generados alrededor de la tecnología de sonido envolvente eran ingentes. “Todo el tiempo invertido en grabar con Pink Floyd no me sirvió de nada. Cuando salió el disco holofónico, Dolby había acaparado todos los contratos importantes del mundo por veinte años”.

Para colmo, el argentino fue víctima de una campaña de desprestigio en Inglaterra. La holofonía fue denostada en favor de las multinacionales, aunque sistemas como Dolby, también exportados al cine, precisaban de una gran cantidad de altavoces cuando a la holofonía le bastan dos para recrear efectos de un nivel mucho más realista.

El regreso a casa

Antes de volver a Argentina, la Ítaca que había dejado, en parte, para huir de la dictadura, la odisea de Zuccarelli aún tuvo varios episodios extraordinarios, pero desde su llegada a Estados Unidos su historia se torna confusa. Según su versión, entabló contacto con Michael Jackson, quien llegaría a probar la holofonía, pero su colaboración terminó en los juzgados. Fue la época en que también asaltaron su domicilio y le robaron todos los documentos relacionados con el sistema holofónico.

“Y atentaron hasta tres veces contra mi vida”, afirma. “Yo simplemente era alguien que había inventado una tecnología, pero me metí en este antro de mafia que es la industria musical, donde me encontré con una guerra entre mafiosos”.

Escarmentado, Hugo Zuccarelli se refugió en Buenos Aires, donde vive actualmente. Su último logro relacionado con la tecnología consiste en la fabricación de unos altavoces holofónicos. La llama de su invento se mantiene viva en internet, pero muy pocos saben que el mejor lugar del mundo para escuchar a Pink Floyd es real, un pequeño local en el número 3006 de la calle Zelaya, en Buenos Aires, donde cada sábado, a las seis de la tarde, Huguito apaga las luces para que el público sienta la batería de Nick Mason es sus mismísimas narices.